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La ONCE cuenta actualmente en La Rioja con nueve perros guías, animales que permiten a sus usuarios recuperar su movilidad con seguridad y autonomía, en un tándem indisoluble

 

Son un equipo. Un tándem bien compenetrado que siempre tiene «nuevos retos» que afrontar. José Manuel Martínez y ‘Rocket’ y César Ortiz de Landázuri y ‘Elron’ demuestran día a día que un perro guía es mucho más que una ayuda para la movilidad de los invidentes. «Pasas a ser uno solo», asegura Ortiz de Landázuri, que se desenvuelve guiado por ‘Elron’ desde hace cuatro meses y medio. Accedió a este ejemplar, mezcla de labrador y golden retriever, en la escuela de la Fundación ONCE del Perro Guía de Boadilla del Monte.

Por su parte, Martínez se desplazó durante un mes a Rochester, en Estados Unidos, a una de las dos escuelas de este país con las que colabora la fundación para el adiestramiento de los perros. Con una ceguera causada por una enfermedad degenerativa (al igual que Ortiz de Landázuri), lleva ya tres meses acompañado por ‘Rocket’, un labrador que, durante buena parte de este encuentro con EL CORREO, se dedica a jugar con ‘Elron’. «Aún son cachorros», justifican con una sonrisa sus dueños.

La ONCE cuenta en La Rioja actualmente con nueve perros guías. Tal como explican estos dos usuarios de la organización, para poder recibir uno de estos ejemplares, «antes eres valorado por los técnicos de la ONCE, porque tienes que saber utilizar el bastón, tener una mínima autonomía, orientación...» La lista de espera ronda los tres años, la mitad en el caso de la escuela estadounidense, matizan.

 

Y entonces llega el momento del adiestramiento, de unas tres semanas, «en el que están constantemente contigo, enseñándote a manejar al perro, haciendo que él se adapte a ti, complementándote tú con el perro». «Se adaptan a tus necesidades, porque no es lo mismo vivir en una gran ciudad que en una como Logroño o un pueblo», añaden.

No han sido ‘Elron’ y ‘Rocket’ los primeros animales en entrar en sus viviendas. «Yo tengo pájaros, he tenido gatos... Soy amante de los animales», reconoce Martínez, para quien su perro guía «es como una parte tuya del cuerpo, si te lo quitan es como si te faltara una pierna o un brazo», asegura. Ortiz de Landázuri, que vive en Bañares, siempre ha tenido perro. «Pero esto es otro concepto totalmente distinto. Pasas a ser uno, el perro te está buscando las 24 horas», explica.

Todavía recuerdan a la perfección la primera vez que salieron con sus perros guías. «Fue muy duro. No es tan fácil como se dice, que el perro te lleva y te trae. El perro necesita unas órdenes, ir a la derecha, a la izquierda... Y no es un robot, tiene sus días buenos y otros en los que decide que no trabaja y te tienes que amoldar», subraya Martínez. Pero a renglón seguido aclara que «incluso sus días malos son muy buenos para nosotros. Con él voy con tal tranquilidad... Como cuando veía».

Ortiz de Landázuri coincide en que «los primeros meses son complicados y en ese tándem tú eres el 80% y el 20% es el perro, pero al final termina siendo al revés». Y repasa algunos de esos pequeños problemas durante la adaptación: «te puede sacar a la carretera, no pasarte por un paso de cebra...» Y es que, recuerda, «el GPS eres tú, el perro lo que hace es que no te choques».

Uno más en casa

En casa, el perro es uno más. «Hay que sacarlo mucho, pero él se adapta y tú eres su referente. Estos perros han estado viviendo nueve meses con una familia, otros ocho o nueve en la escuela y de repente lo meten con un tío extraño, que además va poniendo la mano encima de todos los sitios, va haciendo cosas rarísimas...», bromea Ortiz de Landázuri. «Yo lo tengo constantemente pegado. Si me tumbo, se tumba, pero voy al baño y él se queda en la puerta y pega con la cabeza de vez en cuando como diciendo ‘¿Estás ahí’», cuenta Martínez.

El lazo que se crea entre usuario y perro guía es muy fuerte. Incluso en el carácter hay concordancia. «Buscan a un perro que sea para ti y la verdad es que lo clavan, él es calmado, tranquilo como yo», explica Ortiz de Landázuri. En el caso de Martínez es al contrario. «Los amigos me dicen que si ya era yo un nervio, lo que me faltaba era tener a este», bromea.

Todavía tienen mucho recorrido por delante. «Yo he vuelto a salir a campo abierto, pero no me metería todavía en una carretera con él», explica Ortiz de Landázuri. Por su parte, Martínez descarta «los parques, porque se gira y te puedes desorientar».

Creen que Logroño es una ciudad «sencilla, cómoda y que intenta adaptarse mucho al discapacitado», pero proponen mejoras, por ejemplo en la Gran Vía («los pasos de peatones no los detectan, por ejemplo, al estar la acera al mismo nivel») o en las zonas de suelta de perros («que están descuidadas»).

En cuanto a la gente, aseguran que, pese a algunos más «reacios», en general todo son facilidades para acceder a comercios, restaurantes o edificios públicos. «Hay que saber medir y ser responsable, yo a una tienda de chuches no lo voy a entrar, porque está todo a la altura del morro y encima se lo hago pasar mal a él», dice Ortiz de Landázuri.

Sí quieren recordar a los ciudadanos que, por muy bonitos que sean estos animales, no se les debe llamar o tocar mientras guían al invidente. «Una caricia puede distraerles y costarle al ciego un golpe», subraya Martínez.

Estos perros suelen jubilarse tras unos diez años de labor. Muchos se quedan con sus dueños después de ese momento. Al fin y al cabo, siguen siendo un equipo.

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